20120302

El cine y la música


Después de 10 años, vuelvo a la docencia. La búsqueda incansable de mi mente inquieta que siempre busca algo más por hacer, este año se orientó a la posibilidad de exponer e intercambiar -con un público interesado y reducido- opiniones acerca de temáticas con las que convivo día a día. En esta oportunidad le tocó el turno al cine y la música. No como elementos aislados sino como industrias emparentadas desde el punto de vista creativo: son grandes estimuladores de públicos en busca de entretenimiento. Siempre se dieron una mano como buenos amigos. Comparten mucho, hasta el incómodo desembarco de internet que hoy las desafía a repensar a ese público que tan bien conocían.
El lugar que me recibe para exponer es el Centro Cultural Borges , en aulas escondidas en el entramado -y bellísimo- edificio que también alberga a las Galerías Pacífico (shopping cerca... ¡qué tentador!); la persona que me da la oportunidad es Blanca María Monzón para su departamento de Artes Audiovisuales; y el curso lo doy junto al periodista y productor Yumber Vera Rojas, con quien comparto horas de trabajo en el querido canal de música QUIERO y de quien he aprendido que detrás del rock hay un sinfín de aspectos interesantes de estudiar que van más allá del "sexo y drogas".
Aquí les dejo la info del curso.

FWD / RWD

Un recorrido de ida y vuelta por la música y el cine

dictado por:
Yumber Vera Rojas y Mariana Hernández

Lugar: Centro Cultural Borges – Buenos Aires (www.ccborges.org.ar - Artes Audiovisuales)

Horario:
 miércoles de 19 a 21 hs.



Duración: 
Desde el 7 de marzo hasta el 25 de abril de 2012

Arancel: 
$ 240 (mensuales)

El cine y la música comparten mucho más que un par de acciones en un aparato de reproducción. Mantienen una amistad que nace, paradójicamente, con el cine mudo y se mantiene viva hasta hoy.
Este seminario plantea un recorrido temporal y, por momentos, no lineal sobre aspectos de la historia del cine y de la música, desde sus orígenes hasta nuestros días, prestando especial atención a aquellas películas, directores, músicos, y sus respectivos lenguajes, que fueron alimentando el acervo cultural. 
Ocho encuentros a lo largo de dos meses donde veremos cómo se retroalimentan estas dos industrias que en la actualidad experimentan el desembarco de internet.
Para una mejor comprensión de los alcances del seminario hemos articulado el contenido en 6 módulos.

- El cine y su relación con la música. Introducción. Cómo la música conoció al cine y cómo forjaron su amistad. Un repaso por la historia del cine desde el punto de vista de la música. Desde el cine mudo a los musicales. Las vanguardias y movimientos culturales que afectaron a uno y otro. Proyección de ejemplos.

- El cine y sus bandas de sonido. Películas acompañadas por extraordinarias bandas de sonido. Un repaso por los grandes compositores y músicos que aportaron su arte al arte de hacer cine. Proyección de ejemplos.

- El cine y las bandas de rock/pop/música urbana. La buena yunta del cine y algunas bandas inglesas, norteamericanas, latinas y argentinas emblemáticas. Los músicos atraídos por la actuación. Los directores atraídos por la música. Los biopics y los rockumentales. Proyección de ejemplos.

- El cine y el video comparten directores. El videoclip como herramienta de difusión de la música. ¿El videoclip es cine-arte? Directores de video que hicieron cine. Directores de cine que hicieron videos. Proyección de ejemplos.

- El cine, la música y el video. Casos prácticos del uso de la música para vender cine y del uso del video para vender música. Trailers y spots comerciales que llevan gente al cine y a consumir música. Proyección de ejemplos.

- El cine y la música, mañana. Conclusiones. ¿Podemos imaginar esta amistad perdurable a través de la web? Debate.

Yumber Vera Rojas / CV:
 Nacido en Caracas, pero establecido en Buenos Aires desde hace una década, Yumber Vera Rojas es periodista, crítico de rock, cazador de nuevas tendencias sonoras, productor televisivo y conductor radial. Ha trabajado para medios de Argentina (los diarios Página/12 y Clarín, las revistas Los Inrockutptibles y Rolling Stone, Radio Nacional de Argentina, Canal Quiero), España (revista Zona de Obras), Uruguay (revista Freeway) y Venezuela (diario El Nacional). Es autor del libro Verborrea: Conversaciones con Bersuit Vergarabat y coordinador de dos diccionarios musicales. Además, en su rol de gestor cultural, fue vicepresidente de la Fundación Nuevas Bandas (Venezuela).

Mariana Hernández / CV:
 Desde que cambió la Geofísica por la Publicidad, Mariana Hernández se formó como creativa publicitaria y se especializó en la comunicación audiovisual del entretenimiento. Luego de estudiar en La Fundación, la AAAP y ganar experiencia en La Plata, en 1996 trabajó para Carlos Sorín en cine publicitario e ingresó al departamento creativo de Canal 13 de Buenos Aires. Allí realizó campañas para importantes programas de TV, ficciones, películas, series y conciertos, mientras cursaba estudios de Guión Cinematográfico, Producción de Medios Digitales, Entretenimiento y Medios en la UP, entre otros. Desde hace seis años, escribe y realiza trailers para el cine argentino. Actualmente, es Supervisora Creativa de promociones en televisión de las señales El Trece Internacional, Quiero música en mi idioma y Volver.-


20120128

Cartas en papel de seda

Después de leer la carta que le mandó Julio Cortázar a Edith, la mujer que inspiró su personaje de Rayuela, se me ocurrió ordenar el correo que desde la época de mi abuelo, andaba dando vueltas por casa.
La imagen de esa carta publicada en la revista La Nación del domingo 7 de marzo de 2004, me llamó la atención: papel amarillo, letra courier de una máquina de escribir (que perfectamente podría haber sido una Remington como la de mi abuelo), la corrección de un error de tipeo con una “x” superpuesta, y los apuntes en manuscrito en el margen izquierdo, no hicieron más que recordarme las cartas de mi abuelo Tata. A Mami, su hija, le pasó lo mismo.
Mi abuelo siempre tenía algo para escribir. Por lo general eran cartas a amigos, parientes, funcionarios que, de acuerdo al tema, solían estar adosadas a un recorte periodístico o a la cita de algún texto literario o alguna ley que tuviera que ser recordada para agilizar alguna gestión o, incluso, a alguna foto. Escribía también para su propio archivo, comentarios al margen de alguna nota publicada en los diarios o el relato de sus vivencias despiertas por alguna foto familiar, junto a su esposa, sus hijos, sus nietos y hasta sus perros: primero, el Bir y después, Manchita.
Ya desde hace unos días vagaba por mi cabeza la imagen de mi abuelo con los anteojos puestos, sentado en la galería de la casa de verano en Córdoba frente a la máquina de escribir portátil Olivetti color naranja que se llevaba en vacaciones, mirando el paisaje y cada tanto tomando un sorbo de una medida chica de whisky con hielo. Si no había whisky, un Komari servía igual. Mi abuelo tenía tres máquinas de escribir (al menos que yo recuerde) y elegía la “naranja” para viajar como ahora se eligen las notebooks: principalmente por su peso.
Él nos enseñó a escribir a máquina, a mis hermanos y a mí. Nos sentábamos en su escritorio de la casa de mi abuela, frente a su máquina Remington de hierro gris verdoso y golpeábamos las teclas con sólo dos dedos, como para ir memorizando la ubicación de cada letra. Todavía recuerdo la textura suave de la tecla oscura con el contraste de la letra blanca impresa y la mecánica de hundir el dedo con la suficiente presión como para dejar la marca en el papel. A veces con una intensidad tan grande, que el punto final perforaba la hoja.
Sonreía cuando nos veía escribir. Le encantaba. Recuerdo hasta de haber sido alguna vez su secretaria (como alguna vez lo fue mi mamá también) y atender a su dictado, mientras él revisaba otra correspondencia. También recuerdo verme curioseando dentro de la máquina, siguiendo paso a paso el trayecto de cada brazo articulado con la letra en su extremo superior, desde que salía de su ubicación al presionar la tecla, pasando por delante de la cinta humedecida con tinta, hasta el instante en que hacía impacto sobre el papel. ¡Y ni hablar de los momentos que a escondidas probábamos presionar todas las letras juntas para ver el ramillete de brazos extendidos corriendo el riesgo de que se trabara y nos descubriera!
El reciclado de la cinta de tinta era otro capítulo imperdible. Nos pasábamos horas mirando cómo giraba el carretel a medida que mi abuelo iba marcando cada letra, hasta que un timbre anunciaba el final de la hoja. Ése era el momento en que con un movimiento rápido y majestuoso, presionaba la palanca que había sobre la derecha de la máquina para bajar un renglón y subir el papel, manteniendo con fuerza hasta volver al punto de inicio sobre la izquierda y así, seguir escribiendo. Con esos pasos mecánicos completaba hojas y hojas. Cuando la cinta llegaba a su fin, automáticamente comenzaba a enrollarse hacia el otro lado, gracias a una varilla que cruzaba internamente de un lado a otro de la máquina que, al mejor estilo rewind de un cassette, permitía volver a usar la cinta de tinta hacia el otro lado. Algunas eran más sofisticadas y traían dos colores en el mismo carretel. Mi abuelo usaba el rojo para destacar una palabra o un párrafo importante dentro del texto. ¡Era maravilloso! La misma cinta de tinta te permitía cambiar el color a medida que ibas escribiendo, tal como lo hacemos ahora… en el Word. A veces, estas cintas se usaban tanto que podíamos ver marcados textos enteros y hasta algunos agujeros a través de ella. Llegada esa instancia, se reemplazaba por otra.
El tipo de papel también era un punto a considerar. Así como ahora las impresoras tienen adaptación de tamaños y texturas de hoja, la máquina de mi abuelo también lo hacía. No era lo mismo poner un sobre y escribir el destinatario en él, que poner una hoja de seda para mandar vía aérea una carta. Había que regular también su densidad. Para eso, el rodillo contaba con tres posiciones que se acercaba o alejaba del otro según el grosor de la hoja. Cuando estábamos en Córdoba de vacaciones, muchas veces nos mandaba a comprar papel para carta a un kiosco o librería muy cerca de casa. Comprábamos blocks de papel fino, de seda, que era el menos pesado para enviar por avión cuando la correspondencia tenía alguna urgencia. Mi abuelo también tenía sus propios papeles impresos, como si fuera la marca de una empresa comercial. En aquella época -y en las anteriores-, era muy común que cada persona tuviera sus papeles de correspondencia con su propio nombre o sus iniciales y la dirección. También conservamos entre sus recuerdos una caja con etiquetas muy pequeñas, que no son autoadhesivas por el sistema que conocemos ahora sino por el sistema de estampillas. Son unas pequeñas esquelas con el nombre y la dirección particular de un lado, y una pátina de pegamento del otro, que al contacto con líquido se adosa a cualquier papel, ya sea como remitente en un sobre o como pie en una carta. El líquido con el que mejor se pegaba, sin duda, era el de la lengua.
Viendo ahora cómo se resuelve todo a través de un ordenador personal, que permite tipear muy mal y corregir antes de imprimir copias y copias de lo mismo, admiro la manera en que escribían antes con total seguridad al marcar las letras correctas y, en el caso de tener que hacer copias, usar hasta dos carbónicos simultáneamente para obtener dos copias de la misma carta original. Fabuloso sin duda. Un trabajo que requería su dedicación. Mi abuelo le dedicaba su vida.
Internamente supongo que mi abuelo anhelaría que hubiéramos continuado su camino de periodista y legislador. Creemos que al menos se conformó con que escribiéramos sin faltas de ortografía, con el mismo placer y manteniendo la misma costumbre de ir a Córdoba para descansar, llevar la máquina más liviana, sentarnos en la galería y generar textos y más textos... como éste.


No he logrado que las cartas estén un poco más ordenadas que antes pero confío en que, con la ayuda de mi madre, encontraremos la manera de tenerlas siempre a mano, deteniendo el deterioro propio del tiempo y otorgándoles el valor de la memoria inconmensurable y el sentimiento escrito.-


(La foto es del archivo de mi familia. Mi mamá y mi abuelo en la galería de la casa de Córdoba. Para saber más sobre él... http://www.marianoarrieta.blogspot.com/)

20111231

Adios 2011

Agradecidos, siempre fue la consigna de estar.

Cuesta mucho rememorar un año donde el dolor vino para quedarse y la emoción quiso darle batalla viviendo intensamente cada instante, fluctuando entre el ser más primario que da rienda suelta al sufrir, y la razón más concreta que empuja a seguir para no quedar tendido en un todo abatido.

Imposible año. Imposible no dejarlo en el recuerdo. Imposible no decirle adiós.

Las veces que dije te amo en voz alta, en silencio, mirando al cielo, apretando el pecho, son ya incontables. Cruzada la instancia de permitir aflorar el sentimiento, difícil es volver atrás. Las cosas se resignifican. Hay una voluntad expresa y sincera de decir abiertamente cuánto amé a ese ser bondadoso y cuánto lo extraño. La familia es el núcleo más concreto, más tangible que el propio aire que respiro. Se reordenan los protagonistas, se advierten nuevas luces y me vuelvo a ubicar en el mundo.

Miro. Pienso. Lloro. Río. Imagino. Recuerdo. Y te veo... en la llama encendida cada noche.

Sé que nunca te irás aunque te diga adiós.

Adiós 2011.

Amor dulce


¿Cuánto amor entra en un bocado que concentra 15 años de vida?
Te quiero Brendita. ¡Feliz cumpleaños!

20111201

A vestir la mesa navideña


Panforte bianco.
Un delicioso bocado de turrón bañado en chocolate blanco. Una tradicional receta italiana para llevar a la mesa navideña en porciones individuales o en tableta para compartir.
¡Una creación de Amalia Chocoteca!

20111110

La paloma fue mamá






Nació.
Perfumado en menta, tan chiquito,
tan hermoso...

20111106

La paloma confía en mí.

Puso sus dos huevitos la misma tarde que volví de viaje. Como si supiera que no tenía una mascota que me esperara. De mi balcón sencillo, limpio y soleado, eligió el lugar más perfumado. Encontró un cómodo lecho de menta, de hoja suave y pequeña, en un rincón de una maceta larga. Y allí espera, paciente y silenciosa. Después de una semana de convivencia, entendió que suelo abrir y cerrar la persiana, no más de dos veces al dia; que una vez a la semana, abro un armazón de hierro blanco y dejo allí ropa hasta el otro día; que cuando me agacho cerca de la ventana es para prender una luz tenue y enseguida se escucha música; que si acerco mi mano hasta casi tocarla, no es más que para facilitarle un poco de agua. Y que nada de eso, es una amenaza ni un motivo para salir espantada, como el primer día, que chocó cuatro veces contra el vidrio del balcón buscando una salida. No, ya no es necesario salir volando. Ella ya confía en mi. -