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20121219

Si, si, felices fiestas.



Escribir, escribir, escribir.

He ahí la cuestión.
Me pagan por pensar y escribir. Dicho así, creerían que soy una iluminada o gurú con dominio sobrenatural sobre sus propios pensamientos. Aunque en realidad no soy más que una empleada que vive de su escritura creativa porque así lo quiso y así le fue. Pero desde hace unos años, eso no alcanza. No alcanza para vivir (no hablaré aquí del contexto argentino en el que nos encontramos desde hace unos años) como tampoco alcanza para alimentar mi espíritu. Lo interesante de esto, es que no me di cuenta recién, sino desde hace varios años; y se acentuó con la muerte de mi papá, hace casi dos. Ese “darme cuenta” lo que hizo fue impulsarme a reconocer dentro de lo que hacía, lo que ya no me daba gracia o placer y encarar clínicamente, -como si me hubieran diagnosticado una enfermedad- el alivio de ese malestar y, de ser posible, su erradicación. Nada inmediato ni milagroso, por cierto.
Por ese lado, puedo decir que hubo un avance.

Un avance leeeeeentoooo.

Y así, otro año se me va. Se me va de las manos y a dos días del publicitado fin del mundo y (superada esa fantasiosa instancia) a dos semanas de finalizar el año, me encuentro haciendo el balance y proponiéndome hacer todo lo que no hice, en el año que se inicia. Casi, como cada año desde que tengo uso de razón.
Ayer, cuando planificaba en grupo algo a futuro, dije como siempre:

“aunque no sé si voy a estar haciendo esto dentro de 6 meses”

y, por primera vez en muchos años, alguien me dijo la cruel verdad:

“es lo que te escucho decir hace años y seguís haciendo lo mismo, por ende, es probable que lo sigas haciendo”.

Cortamambo. Cross. Cachetada. El mismo efecto que provocaba el “gallina” en Mc Fly. Pero…

Proyectando.

A diferencia del año pasado (o sea, de la proyección de este año a fines del año pasado), en este momento me encuentro con cosas entre manos. Y esas cosas son las que no quiero que se me vayan. Porque con ese tratamiento de la afección logré abrir una puerta muy pesada y algo vislumbré. Ahora quiero ver más.
Lo interesante de tener varias ideas y/o proyectos en simultáneo entre manos, permite tener más opciones para concretar al menos un objetivo. Lo malo, es que se divide el foco entre cada una de esas ideas/proyectos. Por ende, la energía se dispersa. Pero, ¿cómo saber a cuál darle mayor importancia? Y vuelvo al inicio.

Escribir, escribir, escribir.

Cualquiera sea el proyecto como primera medida, hay que escribirlo. Plasmarlo en papel (real o virtual) obliga a pensar y repensar el proyecto hasta darle una forma concreta y encarar su próximo paso.
Y para escribir, nada mejor que:

Estar inspirado.

Este año golpeó duro. Muy duro. Otra vez la muerte cercana me dejó en la lona. Pero también me sirvió para darme cuenta que tengo pilas para rato. No me puedo dar por vencida. No puedo permitirme sentir que no tengo recursos cuando veo lo que logran quienes menos tienen. No puedo permitirme estar mal después de ver cuánto luchan quienes desean seguir viviendo. Lo hacen hasta el último suspiro.
Y como saben, a mi me inspira y reanima viajar. Tomar distancia. Mirar, conocer, observar. Aquellas cosas y costumbres que no me son habituales, son las que me permiten ver más allá.

Así terminaré este año. Así comenzaré el próximo.

Y en estos tiempos de saludos, encuentros festivos, brindis y deseos, tener cosas entre manos, despedir el año viajando en familia y haber abierto una puerta nueva, es motivo de felicidad.

Si, si, felicidad.

Si, si, ¡felices Fiestas!


20121027

Y pintó un cuento...


Serie Mares.
......................

"Jugaba a las escondidas en el medio del Océano. Podía estar largos minutos sumergido sintiéndose parte de ese mundo donde el azul no se decidía a ser celeste, blanco o transparente. Sólo el rojo de la quilla interrumpía imponente el vaivén de las olas, anunciando el paso de la embarcación que lo llevaría a conocer esas pequeñas chinches en un mapa de su niñez. Anastacio se llamaba el velero. Heredado de su padre con el nombre de su abuelo."



Mares 1/2012
Arte y redacción: Mariana Hernández
....

20120909

Addicted to site


Este año, a mi larga lista de excusas para no hacer lo que siempre soñé hacer, en marzo (el 26, para ser más exacta) se sumó Pinterest. Ese sitio donde uno "pincha" cosas que le gusta o que quiere recordar, en un tablero virtual, armado según el propio gusto. Las temáticas son todas las que a uno se le ocurran, que no ofendan a los demás, desde ya. Y la consigna es "pinear" fotos estéticamente atractivas. No todos lo recuerdan. Lo que prendió en mí sobre este sitio fue la propuesta visual y la diversidad de temas de mi interés. Cuando apenas salió el sitio (al cual llegué no recuerdo cómo ya que ninguno de mis amigos lo conocía) leí que era una red social pensada más para mujeres. No me sentí identificada por la parte de recetas y cocina (aunque de a poco me fue ganando...) pero sí por la moda, el arte y el diseño. "¡Es como tener todas las mañanas al diariero con una revista nueva en la puerta de tu casa!", les decía a mis amigos con insistencia para que se insertaran en esa nueva red social. Asombroso.
En los últimos años, ese asombro por las cosas que encuentro en la web ha ido en un notable aumento, al punto que no hay mañana que no encienda mi PC (no tengo Mac en casa...) y navegue partiendo de un mismo punto (el sitio del clima primero, luego mis casillas personales) y comience a enlazar un sitio con otro, según por donde me lleve mi curiosidad o necesidad, hasta llegar al punto de mirar la hora, salir corriendo a arreglarme, tomar el transporte de rutina e ir a trabajar.

Una vez, en la combi, tuve este diálogo con el chofer, joven, muy joven, de apenas unos 30 años:

Yo: Jeri, ¿cuándo van a poner wifi en la combi?
Chofer: ¿Para qué querés wifi acá?
Yo: Para chequear mails, navegar...
Chofer: ¿Y para qué querés navegar y chequear mails?
Yo: Para no sentir que todos los días de mi vida, pierdo una hora a la ida y una hora a la vuelta.
Chofer: ¿No pensaste en leer un libro, escribir, dormir, charlar, tomar mate con nosotros, mirar por la ventana, contar autos de colores o pensar? ¡Mirá si tenés cosas para hacer!
Yo: O sea, no tienen pensado poner wifi.
Chofer: No.
Yo: Ok.

Llegada a la oficina, el ritual es más o menos el mismo pero aquí la ruta para navegar siempre comienza por la consigna del trabajo. Me informo, investigo, busco inspiración y una vez más la curiosidad me lleva por lugares impensados y descubro cosas que no recuerdo cómo las descubrí. La dependencia resulta tan deliciosamente grande, que todo momento en que se cuelga la red en la empresa o se corta el servicio en casa, luego de unos minutos infructuosos en que pruebo y compruebo, una y otra vez, que "no hay internet", surge la temible pregunta: y ahora, ¿qué hago?

Mil cosas. Todo se puede hacer cuando no hay internet. Todo lo que vengo postergando desde los años en que no había internet y las excusas eran otras. Todos los sueños, todo lo bueno, todo lo saludable, todo lo temido, todo lo que te hace mejor persona, todo lo que te hace mejor, sentir mejor. Todo.

Esta mañana con mi rutina de siempre, aun siendo domingo, pasé por Pinterest, pinché varias cosas y me topé con este cartel rojo, atractivo, desafiante y claro: dejá de pinchar y hacé cosas. Y no sólo lo pinché en mi tablero "Cosas para hacer" sino que lo guardé en mis imágenes y lo posteé en mi blog, por el que me puse a escribir sobre cómo internet se ha vuelto una clase de adicción en mi vida.


Dicho esto y viendo el post, no me queda más que despedirme de aquí por el momento.
Sepan disculparme. Tengo muchas cosas que hacer hoy.


¡Feliz domingo!

20120624

20120527

Cuentos al cuadrado






20120422

El hobby me llama

















Dos o tres veces al año nos juntamos con mi familia a ofrecer lo que sabemos hacer sin que nada tenga que ver con nuestras profesiones. Descubrimos hace poco tiempo que darse maña para otras cosas fuera de lo estrictamente profesional ofrecía placer desde flancos distintos.
Por un lado, para recuperar conocimientos que alguna vez una tuvo y ofrecerle al cerebrito un ejercicio para matar el envejecimiento prematuro obligándolo a salir de la rutina, así como el médico te "ordena" hacer gimnasia o deporte; y por el otro, por la libertad de poder elegir a cuál de todas esas habilidades querría dedicarle parte de mi tiempo libre, sin jefes, sin deadlines, sin dar explicaciones de por qué hoy tuve o no tuve ganas de hacer algo y con el feedback de la familia, los amigos y la propia autoestima.
Alguna vez aprendí a tejer, a coser punto cruz para hacer tapices, a pintar con acuarela y a dibujar técnicamente (motivada por mi extrema apreciación de la perspectiva aunque reconozco que me aburrió un poco). Aprendí fotografía (como todos en mi familia, alentados por mi papá, un gran fotógrafo ocasional), diagramación (cuando se usaba cartulina y letraset), escritura y varias cositas más, entre ellas, jugar al black-jack para ser croupier en Las Leñas.
De todas las cosas que uno aprende, se va quedando con lo que más le gusta. Definitivamente, el Casino no es para mi. Pero de todo lo demás, instintivamente fueron quedando habilidades que definen mi gusto y preferencia por tal o cual cosa. Siento una atracción inevitable hacia los libros, no sólo por su temática sino por su diseño. El diseño editorial es algo que poco he experimentado en mi carrera (aunque lo poco fue con gran éxito, con dos premios ganados por el Libro "El Trece - 50 años", para el cual trabajé como creativa y redactora) pero como consumidora, he dado mucho de mi tiempo y dinero, recorriendo y comprando ejemplares que me llamaron la atención por su diseño de tapa, la novedad de sus materiales y la calidad de sus fotografías.
En uno de mis viajes a Nueva York, me sumergí en la liquidación de Crate&Barrel (casa que nunca dejo de visitar) y quedé deslumbrada por los libros de cocina. El único libro de cocina por excelencia en lo de mi abuela era el de Doña Petrona. Muy actual para su época. Muy retro en la actualidad. Mami sumó algunos libros con temáticas muy específicas de su profesión pero contados eran los que tenían un diseño digno de admirar. Y ante mí, en aquella tarde neoyorquina, se alzaba una biblioteca blanca de varios estantes con libros de cocina y decoración, estratégicamente diseñados para que gente como yo, quedara petrificada y con la boca abierta. Esa tarde compré 4 libros. Entre ellos, uno específicamente sobre mi amigo incondicional, el que me acompaña desde la niñez y jamás me dio la espalda: el chocolate. Deslumbrada por ese libro en particular, pensé en darle un lugar destacado en mi cocina (que en aquel momento era un proyecto en papel) y el día que me mudé, fue lo primero que ubiqué. Pasó el tiempo y el libro cumplía sólo la función de decorar hermosamente el estante de la pequeña cocina hasta que un día, la soledad del domingo me invitó, no a mirarlo sino a leerlo. Ahí comenzó mi interés por el chocolate como fruto y sus derivados, naturales e industrializados. Fascinante. Durante un año, mi tiempo libre fue ocupado en aprender, esta vez, a degustarlo, a trabajarlo y a crear sobre sus variedades, maridajes y conservación. Por primera vez tenía un hobby. "Un hobby caro", me dijo una de las profesoras. Ante esa realidad, nació Amalia Chocoteca.
Mientras tanto, en mi mamá despertaba su habilidad para tejer (alentada por el interés particular de mi hermana por los tejidos) junto con su deseo de aprender joyería (un sueño largamente postergado). A esas actividades le dedicó gran parte de su tiempo libre y así nació "Nosabíaquetejías... y otras cosas". Esas otras cosas son las que han convertido a mi madre en una gran creadora de pequeñas joyas y hábil armadora de bijouterie. Llevamos tres encuentros realizados en conjunto para mostrar, a grupos de amigos y amigos de amigos, lo que hacemos con estas habilidades que ocupan parte de nuestros días. Son momentos de reunión que suman más placer al propio de cada actividad. Los disfrutamos. Conscientes de que cuando se conviertan en una obligación que supere al sentir placentero, serán rápidamente reemplazados por alguna otra actividad. Después de todo, Casinos siempre habrá y el black-jack se juega en todos lados...

20120415

Weekend






Este es Porthos.
Pachorra del fin de semana.

20120128

Cartas en papel de seda

Después de leer la carta que le mandó Julio Cortázar a Edith, la mujer que inspiró su personaje de Rayuela, se me ocurrió ordenar el correo que desde la época de mi abuelo, andaba dando vueltas por casa.
La imagen de esa carta publicada en la revista La Nación del domingo 7 de marzo de 2004, me llamó la atención: papel amarillo, letra courier de una máquina de escribir (que perfectamente podría haber sido una Remington como la de mi abuelo), la corrección de un error de tipeo con una “x” superpuesta, y los apuntes en manuscrito en el margen izquierdo, no hicieron más que recordarme las cartas de mi abuelo Tata. A Mami, su hija, le pasó lo mismo.
Mi abuelo siempre tenía algo para escribir. Por lo general eran cartas a amigos, parientes, funcionarios que, de acuerdo al tema, solían estar adosadas a un recorte periodístico o a la cita de algún texto literario o alguna ley que tuviera que ser recordada para agilizar alguna gestión o, incluso, a alguna foto. Escribía también para su propio archivo, comentarios al margen de alguna nota publicada en los diarios o el relato de sus vivencias despiertas por alguna foto familiar, junto a su esposa, sus hijos, sus nietos y hasta sus perros: primero, el Bir y después, Manchita.
Ya desde hace unos días vagaba por mi cabeza la imagen de mi abuelo con los anteojos puestos, sentado en la galería de la casa de verano en Córdoba frente a la máquina de escribir portátil Olivetti color naranja que se llevaba en vacaciones, mirando el paisaje y cada tanto tomando un sorbo de una medida chica de whisky con hielo. Si no había whisky, un Komari servía igual. Mi abuelo tenía tres máquinas de escribir (al menos que yo recuerde) y elegía la “naranja” para viajar como ahora se eligen las notebooks: principalmente por su peso.
Él nos enseñó a escribir a máquina, a mis hermanos y a mí. Nos sentábamos en su escritorio de la casa de mi abuela, frente a su máquina Remington de hierro gris verdoso y golpeábamos las teclas con sólo dos dedos, como para ir memorizando la ubicación de cada letra. Todavía recuerdo la textura suave de la tecla oscura con el contraste de la letra blanca impresa y la mecánica de hundir el dedo con la suficiente presión como para dejar la marca en el papel. A veces con una intensidad tan grande, que el punto final perforaba la hoja.
Sonreía cuando nos veía escribir. Le encantaba. Recuerdo hasta de haber sido alguna vez su secretaria (como alguna vez lo fue mi mamá también) y atender a su dictado, mientras él revisaba otra correspondencia. También recuerdo verme curioseando dentro de la máquina, siguiendo paso a paso el trayecto de cada brazo articulado con la letra en su extremo superior, desde que salía de su ubicación al presionar la tecla, pasando por delante de la cinta humedecida con tinta, hasta el instante en que hacía impacto sobre el papel. ¡Y ni hablar de los momentos que a escondidas probábamos presionar todas las letras juntas para ver el ramillete de brazos extendidos corriendo el riesgo de que se trabara y nos descubriera!
El reciclado de la cinta de tinta era otro capítulo imperdible. Nos pasábamos horas mirando cómo giraba el carretel a medida que mi abuelo iba marcando cada letra, hasta que un timbre anunciaba el final de la hoja. Ése era el momento en que con un movimiento rápido y majestuoso, presionaba la palanca que había sobre la derecha de la máquina para bajar un renglón y subir el papel, manteniendo con fuerza hasta volver al punto de inicio sobre la izquierda y así, seguir escribiendo. Con esos pasos mecánicos completaba hojas y hojas. Cuando la cinta llegaba a su fin, automáticamente comenzaba a enrollarse hacia el otro lado, gracias a una varilla que cruzaba internamente de un lado a otro de la máquina que, al mejor estilo rewind de un cassette, permitía volver a usar la cinta de tinta hacia el otro lado. Algunas eran más sofisticadas y traían dos colores en el mismo carretel. Mi abuelo usaba el rojo para destacar una palabra o un párrafo importante dentro del texto. ¡Era maravilloso! La misma cinta de tinta te permitía cambiar el color a medida que ibas escribiendo, tal como lo hacemos ahora… en el Word. A veces, estas cintas se usaban tanto que podíamos ver marcados textos enteros y hasta algunos agujeros a través de ella. Llegada esa instancia, se reemplazaba por otra.
El tipo de papel también era un punto a considerar. Así como ahora las impresoras tienen adaptación de tamaños y texturas de hoja, la máquina de mi abuelo también lo hacía. No era lo mismo poner un sobre y escribir el destinatario en él, que poner una hoja de seda para mandar vía aérea una carta. Había que regular también su densidad. Para eso, el rodillo contaba con tres posiciones que se acercaba o alejaba del otro según el grosor de la hoja. Cuando estábamos en Córdoba de vacaciones, muchas veces nos mandaba a comprar papel para carta a un kiosco o librería muy cerca de casa. Comprábamos blocks de papel fino, de seda, que era el menos pesado para enviar por avión cuando la correspondencia tenía alguna urgencia. Mi abuelo también tenía sus propios papeles impresos, como si fuera la marca de una empresa comercial. En aquella época -y en las anteriores-, era muy común que cada persona tuviera sus papeles de correspondencia con su propio nombre o sus iniciales y la dirección. También conservamos entre sus recuerdos una caja con etiquetas muy pequeñas, que no son autoadhesivas por el sistema que conocemos ahora sino por el sistema de estampillas. Son unas pequeñas esquelas con el nombre y la dirección particular de un lado, y una pátina de pegamento del otro, que al contacto con líquido se adosa a cualquier papel, ya sea como remitente en un sobre o como pie en una carta. El líquido con el que mejor se pegaba, sin duda, era el de la lengua.
Viendo ahora cómo se resuelve todo a través de un ordenador personal, que permite tipear muy mal y corregir antes de imprimir copias y copias de lo mismo, admiro la manera en que escribían antes con total seguridad al marcar las letras correctas y, en el caso de tener que hacer copias, usar hasta dos carbónicos simultáneamente para obtener dos copias de la misma carta original. Fabuloso sin duda. Un trabajo que requería su dedicación. Mi abuelo le dedicaba su vida.
Internamente supongo que mi abuelo anhelaría que hubiéramos continuado su camino de periodista y legislador. Creemos que al menos se conformó con que escribiéramos sin faltas de ortografía, con el mismo placer y manteniendo la misma costumbre de ir a Córdoba para descansar, llevar la máquina más liviana, sentarnos en la galería y generar textos y más textos... como éste.


No he logrado que las cartas estén un poco más ordenadas que antes pero confío en que, con la ayuda de mi madre, encontraremos la manera de tenerlas siempre a mano, deteniendo el deterioro propio del tiempo y otorgándoles el valor de la memoria inconmensurable y el sentimiento escrito.-


(La foto es del archivo de mi familia. Mi mamá y mi abuelo en la galería de la casa de Córdoba. Para saber más sobre él... http://www.marianoarrieta.blogspot.com/)

20111231

Amor dulce


¿Cuánto amor entra en un bocado que concentra 15 años de vida?
Te quiero Brendita. ¡Feliz cumpleaños!

20111201

A vestir la mesa navideña


Panforte bianco.
Un delicioso bocado de turrón bañado en chocolate blanco. Una tradicional receta italiana para llevar a la mesa navideña en porciones individuales o en tableta para compartir.
¡Una creación de Amalia Chocoteca!

20110717

Cositas que una hace (2)




Una pequeñísima muestra...

Cositas que una hace (1)

"- ¿En qué andas?"
"- Haciendo algunas cositas..."

Esas cositas que me gustan hacer tienen que ver con la televisión y el cine. La televisión funciona como mi casa y el cine es como mi casa de veraneo.
Y allí hago lo que suelen dejar para lo último:
comunicar con creatividad lo que directores, productores y guionistas soñaron.
Hice mucho. Muestro poco. Quiero hacer más y más.

Porque me dijo mi papá que la vida sigue...




20110410

Fotos que hablan 6




Tarde de domingo en familia.


Dulce. Muy dulce.

20110403

Del otro lado del árbol

Ayer, sábado 2 de abril de 2011, fui invitada a la inauguración de la Biblioteca Taller “Del otro lado del árbol” en el Parque Saavedra de La Plata. En un día de calor (lejos de ser otoñal), me acerqué cuando recién comenzaba la tarde y pude disfrutar de la performance del grupo circense Séptido, mientras recorría el lugar y las nuevas instalaciones. Creo que el deseo de su mentora está felizmente cumplido. “Un lugar bello, mágico, creativo e inspirador, en donde la naturaleza y la literatura se fundan para que los niños enfermos o sanos, eso no importa, disfruten de los libros y los árboles” decía Paula, la mamá de Pilar, cuando se decidió a impulsar esta iniciativa. Este lugar queda en el parque que se encuentra justo enfrente del Hospital de Niños de La Plata y la idea de esta biblioteca taller surgió en las largas sesiones de quimio que madres, padres e hijos deben afrontar cada día. “Del otro lado del árbol” cuenta con un perfil en Facebook para sumar ideas y colaboradores (se necesitan narradores, cuentacuentos, etc.), y en la librería “Rayuela” (44 Nro. 561 e/6 y Plaza Italia) armaron una lista de libros para todos los presupuestos, que la gente compró y donó, y que en este primer día lucieron atractivos en las paredes de la biblioteca y preciosos en las manos de los chicos. Mis felicitaciones a quienes hacen esto posible. ¡Y estamos todos invitados de aquí en más a participar!


http://www.facebook.com/album.php?aid=118169&id=1432512940&l=d5738660be


Foto®MarianaHernández

20110131

Rumbo

Ir hacia allá. Volver. Volver a ir. Volar.
Viajar es una experiencia única en sí misma. Todo lo que puedo tomar de cada salida y traerme en mi cabeza compensa el torbellino mental -y hasta físico- que me toca vivir desde el momento mismo en que decido: "Voy a viajar".
Los preparativos generan stress. El embarque genera cansancio.
El vuelo, provoca. Y el viaje termina siendo maravilloso. Porque aun cuando lo planeado pueda no salir como debería haber sido, siempre quedan las imágenes. Esas que te hacen decidir volver a viajar, siempre que se pueda, una y otra vez.

Foto®MarianaHernández

20110113

Agua de Mina

Hace falta.

Imagino que cada ser humano debe tener un lugar especial, sagrado, al cual recurre real o imaginariamente cuando hace falta respirar. Respirar en serio.

Yo tengo uno. Y es allí donde voy a buscar que el calor de la piedra virgen me abrace, que el reflejo cristalino del agua me enceguezca y el sonido del viento corriendo a sus anchas me arrulle. Hoy quisiera hacerme presente ahí. Iré sólo con mi imaginación. Cerraré los ojos. Abriré los brazos. Sonreiré mirando al cielo mientras el río me lleva. Y respiraré.

Porque hoy, me hace falta.

Foto®MarianaHernández

20101202

Fotos que hablan 4





Libreta de viaje.
Salta. Año 2009.

Argentina.


Foto®MarianaHernández

20101026

Brilla

Hay premios que son individuales y hay premios que son de equipo. Pueden ser de oro, de plata, de bronce, del material que sea para un elogio convertido en objeto. La gran diferencia entre los individuales y los de equipo es que los primeros siempre brillan como el oro, o más. Porque el mayor premio de ganar un premio es lo que pasa por dentro. Ese es el premio individual.
Importa ¡y mucho! la felicidad del equipo. Importa ¡y más! que te feliciten por ello. Pero la voz interna que habla y habla excitada y nerviosa, repasando cada instante de un proceso que arrojó un reconocimiento, es la que más se siente. Entiendan, es la que más cerca se tiene. Nadie mejor que uno conoce todo lo que pasó antes de llegar ahí.
Esta lógica de ganar premios se empieza a entender cuando ya se han ganado algunos y ahí la voz suma lo anterior. Y esa es la mejor parte. La objetividad y subjetividad propia de una mente inquieta se funden para dar lugar a cientos de razonamientos que justifican y acompañan la alegría de por un instante ser la mejor. "I'm the best!", grita en silencio y en todos los idiomas que conozcas y reís y saltás y pensás -mucho- en los que querés primero, y en los demás después, pero no tanto, porque en esa alegría no tienen cabida.
Fue una semana intensa la que pasó. Nuevos amigos, nuevos premios, nuevas ganas de seguir haciendo lo que a mi me gusta. Pensar, crear, escribir y hacerlo realidad. A veces, breves segundos en el aire duran toda la vida.

20101013

Fotos que hablan 3











Bahía de Findhorn, Escocia.








Foto®MarianaHernández