20121219
Si, si, felices fiestas.
20121027
Y pintó un cuento...
"Jugaba a las escondidas en el medio del Océano. Podía estar largos minutos sumergido sintiéndose parte de ese mundo donde el azul no se decidía a ser celeste, blanco o transparente. Sólo el rojo de la quilla interrumpía imponente el vaivén de las olas, anunciando el paso de la embarcación que lo llevaría a conocer esas pequeñas chinches en un mapa de su niñez. Anastacio se llamaba el velero. Heredado de su padre con el nombre de su abuelo."
20120909
Addicted to site
Este año, a mi larga lista de excusas para no hacer lo que siempre soñé hacer, en marzo (el 26, para ser más exacta) se sumó Pinterest. Ese sitio donde uno "pincha" cosas que le gusta o que quiere recordar, en un tablero virtual, armado según el propio gusto. Las temáticas son todas las que a uno se le ocurran, que no ofendan a los demás, desde ya. Y la consigna es "pinear" fotos estéticamente atractivas. No todos lo recuerdan. Lo que prendió en mí sobre este sitio fue la propuesta visual y la diversidad de temas de mi interés. Cuando apenas salió el sitio (al cual llegué no recuerdo cómo ya que ninguno de mis amigos lo conocía) leí que era una red social pensada más para mujeres. No me sentí identificada por la parte de recetas y cocina (aunque de a poco me fue ganando...) pero sí por la moda, el arte y el diseño. "¡Es como tener todas las mañanas al diariero con una revista nueva en la puerta de tu casa!", les decía a mis amigos con insistencia para que se insertaran en esa nueva red social. Asombroso.
En los últimos años, ese asombro por las cosas que encuentro en la web ha ido en un notable aumento, al punto que no hay mañana que no encienda mi PC (no tengo Mac en casa...) y navegue partiendo de un mismo punto (el sitio del clima primero, luego mis casillas personales) y comience a enlazar un sitio con otro, según por donde me lleve mi curiosidad o necesidad, hasta llegar al punto de mirar la hora, salir corriendo a arreglarme, tomar el transporte de rutina e ir a trabajar.
Yo: Jeri, ¿cuándo van a poner wifi en la combi?
Chofer: ¿Para qué querés wifi acá?
Yo: Para chequear mails, navegar...
Chofer: ¿Y para qué querés navegar y chequear mails?
Yo: Para no sentir que todos los días de mi vida, pierdo una hora a la ida y una hora a la vuelta.
Chofer: ¿No pensaste en leer un libro, escribir, dormir, charlar, tomar mate con nosotros, mirar por la ventana, contar autos de colores o pensar? ¡Mirá si tenés cosas para hacer!
Yo: O sea, no tienen pensado poner wifi.
Chofer: No.
Yo: Ok.
Llegada a la oficina, el ritual es más o menos el mismo pero aquí la ruta para navegar siempre comienza por la consigna del trabajo. Me informo, investigo, busco inspiración y una vez más la curiosidad me lleva por lugares impensados y descubro cosas que no recuerdo cómo las descubrí. La dependencia resulta tan deliciosamente grande, que todo momento en que se cuelga la red en la empresa o se corta el servicio en casa, luego de unos minutos infructuosos en que pruebo y compruebo, una y otra vez, que "no hay internet", surge la temible pregunta: y ahora, ¿qué hago?
Mil cosas. Todo se puede hacer cuando no hay internet. Todo lo que vengo postergando desde los años en que no había internet y las excusas eran otras. Todos los sueños, todo lo bueno, todo lo saludable, todo lo temido, todo lo que te hace mejor persona, todo lo que te hace mejor, sentir mejor. Todo.
Esta mañana con mi rutina de siempre, aun siendo domingo, pasé por Pinterest, pinché varias cosas y me topé con este cartel rojo, atractivo, desafiante y claro: dejá de pinchar y hacé cosas. Y no sólo lo pinché en mi tablero "Cosas para hacer" sino que lo guardé en mis imágenes y lo posteé en mi blog, por el que me puse a escribir sobre cómo internet se ha vuelto una clase de adicción en mi vida.
Dicho esto y viendo el post, no me queda más que despedirme de aquí por el momento.
Sepan disculparme. Tengo muchas cosas que hacer hoy.
¡Feliz domingo!
20120624
20120527
20120422
El hobby me llama
Dos o tres veces al año nos juntamos con mi familia a ofrecer lo que sabemos hacer sin que nada tenga que ver con nuestras profesiones. Descubrimos hace poco tiempo que darse maña para otras cosas fuera de lo estrictamente profesional ofrecía placer desde flancos distintos.
Por un lado, para recuperar conocimientos que alguna vez una tuvo y ofrecerle al cerebrito un ejercicio para matar el envejecimiento prematuro obligándolo a salir de la rutina, así como el médico te "ordena" hacer gimnasia o deporte; y por el otro, por la libertad de poder elegir a cuál de todas esas habilidades querría dedicarle parte de mi tiempo libre, sin jefes, sin deadlines, sin dar explicaciones de por qué hoy tuve o no tuve ganas de hacer algo y con el feedback de la familia, los amigos y la propia autoestima.
Alguna vez aprendí a tejer, a coser punto cruz para hacer tapices, a pintar con acuarela y a dibujar técnicamente (motivada por mi extrema apreciación de la perspectiva aunque reconozco que me aburrió un poco). Aprendí fotografía (como todos en mi familia, alentados por mi papá, un gran fotógrafo ocasional), diagramación (cuando se usaba cartulina y letraset), escritura y varias cositas más, entre ellas, jugar al black-jack para ser croupier en Las Leñas.
De todas las cosas que uno aprende, se va quedando con lo que más le gusta. Definitivamente, el Casino no es para mi. Pero de todo lo demás, instintivamente fueron quedando habilidades que definen mi gusto y preferencia por tal o cual cosa. Siento una atracción inevitable hacia los libros, no sólo por su temática sino por su diseño. El diseño editorial es algo que poco he experimentado en mi carrera (aunque lo poco fue con gran éxito, con dos premios ganados por el Libro "El Trece - 50 años", para el cual trabajé como creativa y redactora) pero como consumidora, he dado mucho de mi tiempo y dinero, recorriendo y comprando ejemplares que me llamaron la atención por su diseño de tapa, la novedad de sus materiales y la calidad de sus fotografías.
En uno de mis viajes a Nueva York, me sumergí en la liquidación de Crate&Barrel (casa que nunca dejo de visitar) y quedé deslumbrada por los libros de cocina. El único libro de cocina por excelencia en lo de mi abuela era el de Doña Petrona. Muy actual para su época. Muy retro en la actualidad. Mami sumó algunos libros con temáticas muy específicas de su profesión pero contados eran los que tenían un diseño digno de admirar. Y ante mí, en aquella tarde neoyorquina, se alzaba una biblioteca blanca de varios estantes con libros de cocina y decoración, estratégicamente diseñados para que gente como yo, quedara petrificada y con la boca abierta. Esa tarde compré 4 libros. Entre ellos, uno específicamente sobre mi amigo incondicional, el que me acompaña desde la niñez y jamás me dio la espalda: el chocolate. Deslumbrada por ese libro en particular, pensé en darle un lugar destacado en mi cocina (que en aquel momento era un proyecto en papel) y el día que me mudé, fue lo primero que ubiqué. Pasó el tiempo y el libro cumplía sólo la función de decorar hermosamente el estante de la pequeña cocina hasta que un día, la soledad del domingo me invitó, no a mirarlo sino a leerlo. Ahí comenzó mi interés por el chocolate como fruto y sus derivados, naturales e industrializados. Fascinante. Durante un año, mi tiempo libre fue ocupado en aprender, esta vez, a degustarlo, a trabajarlo y a crear sobre sus variedades, maridajes y conservación. Por primera vez tenía un hobby. "Un hobby caro", me dijo una de las profesoras. Ante esa realidad, nació Amalia Chocoteca.
Mientras tanto, en mi mamá despertaba su habilidad para tejer (alentada por el interés particular de mi hermana por los tejidos) junto con su deseo de aprender joyería (un sueño largamente postergado). A esas actividades le dedicó gran parte de su tiempo libre y así nació "Nosabíaquetejías... y otras cosas". Esas otras cosas son las que han convertido a mi madre en una gran creadora de pequeñas joyas y hábil armadora de bijouterie. Llevamos tres encuentros realizados en conjunto para mostrar, a grupos de amigos y amigos de amigos, lo que hacemos con estas habilidades que ocupan parte de nuestros días. Son momentos de reunión que suman más placer al propio de cada actividad. Los disfrutamos. Conscientes de que cuando se conviertan en una obligación que supere al sentir placentero, serán rápidamente reemplazados por alguna otra actividad. Después de todo, Casinos siempre habrá y el black-jack se juega en todos lados...
20120415
20120128
Cartas en papel de seda
La imagen de esa carta publicada en la revista La Nación del domingo 7 de marzo de 2004, me llamó la atención: papel amarillo, letra courier de una máquina de escribir (que perfectamente podría haber sido una Remington como la de mi abuelo), la corrección de un error de tipeo con una “x” superpuesta, y los apuntes en manuscrito en el margen izquierdo, no hicieron más que recordarme las cartas de mi abuelo Tata. A Mami, su hija, le pasó lo mismo.
Mi abuelo siempre tenía algo para escribir. Por lo general eran cartas a amigos, parientes, funcionarios que, de acuerdo al tema, solían estar adosadas a un recorte periodístico o a la cita de algún texto literario o alguna ley que tuviera que ser recordada para agilizar alguna gestión o, incluso, a alguna foto. Escribía también para su propio archivo, comentarios al margen de alguna nota publicada en los diarios o el relato de sus vivencias despiertas por alguna foto familiar, junto a su esposa, sus hijos, sus nietos y hasta sus perros: primero, el Bir y después, Manchita.
Ya desde hace unos días vagaba por mi cabeza la imagen de mi abuelo con los anteojos puestos, sentado en la galería de la casa de verano en Córdoba frente a la máquina de escribir portátil Olivetti color naranja que se llevaba en vacaciones, mirando el paisaje y cada tanto tomando un sorbo de una medida chica de whisky con hielo. Si no había whisky, un Komari servía igual. Mi abuelo tenía tres máquinas de escribir (al menos que yo recuerde) y elegía la “naranja” para viajar como ahora se eligen las notebooks: principalmente por su peso.
Él nos enseñó a escribir a máquina, a mis hermanos y a mí. Nos sentábamos en su escritorio de la casa de mi abuela, frente a su máquina Remington de hierro gris verdoso y golpeábamos las teclas con sólo dos dedos, como para ir memorizando la ubicación de cada letra. Todavía recuerdo la textura suave de la tecla oscura con el contraste de la letra blanca impresa y la mecánica de hundir el dedo con la suficiente presión como para dejar la marca en el papel. A veces con una intensidad tan grande, que el punto final perforaba la hoja.
Sonreía cuando nos veía escribir. Le encantaba. Recuerdo hasta de haber sido alguna vez su secretaria (como alguna vez lo fue mi mamá también) y atender a su dictado, mientras él revisaba otra correspondencia. También recuerdo verme curioseando dentro de la máquina, siguiendo paso a paso el trayecto de cada brazo articulado con la letra en su extremo superior, desde que salía de su ubicación al presionar la tecla, pasando por delante de la cinta humedecida con tinta, hasta el instante en que hacía impacto sobre el papel. ¡Y ni hablar de los momentos que a escondidas probábamos presionar todas las letras juntas para ver el ramillete de brazos extendidos corriendo el riesgo de que se trabara y nos descubriera!
El reciclado de la cinta de tinta era otro capítulo imperdible. Nos pasábamos horas mirando cómo giraba el carretel a medida que mi abuelo iba marcando cada letra, hasta que un timbre anunciaba el final de la hoja. Ése era el momento en que con un movimiento rápido y majestuoso, presionaba la palanca que había sobre la derecha de la máquina para bajar un renglón y subir el papel, manteniendo con fuerza hasta volver al punto de inicio sobre la izquierda y así, seguir escribiendo. Con esos pasos mecánicos completaba hojas y hojas. Cuando la cinta llegaba a su fin, automáticamente comenzaba a enrollarse hacia el otro lado, gracias a una varilla que cruzaba internamente de un lado a otro de la máquina que, al mejor estilo rewind de un cassette, permitía volver a usar la cinta de tinta hacia el otro lado. Algunas eran más sofisticadas y traían dos colores en el mismo carretel. Mi abuelo usaba el rojo para destacar una palabra o un párrafo importante dentro del texto. ¡Era maravilloso! La misma cinta de tinta te permitía cambiar el color a medida que ibas escribiendo, tal como lo hacemos ahora… en el Word. A veces, estas cintas se usaban tanto que podíamos ver marcados textos enteros y hasta algunos agujeros a través de ella. Llegada esa instancia, se reemplazaba por otra.
El tipo de papel también era un punto a considerar. Así como ahora las impresoras tienen adaptación de tamaños y texturas de hoja, la máquina de mi abuelo también lo hacía. No era lo mismo poner un sobre y escribir el destinatario en él, que poner una hoja de seda para mandar vía aérea una carta. Había que regular también su densidad. Para eso, el rodillo contaba con tres posiciones que se acercaba o alejaba del otro según el grosor de la hoja. Cuando estábamos en Córdoba de vacaciones, muchas veces nos mandaba a comprar papel para carta a un kiosco o librería muy cerca de casa. Comprábamos blocks de papel fino, de seda, que era el menos pesado para enviar por avión cuando la correspondencia tenía alguna urgencia. Mi abuelo también tenía sus propios papeles impresos, como si fuera la marca de una empresa comercial. En aquella época -y en las anteriores-, era muy común que cada persona tuviera sus papeles de correspondencia con su propio nombre o sus iniciales y la dirección. También conservamos entre sus recuerdos una caja con etiquetas muy pequeñas, que no son autoadhesivas por el sistema que conocemos ahora sino por el sistema de estampillas. Son unas pequeñas esquelas con el nombre y la dirección particular de un lado, y una pátina de pegamento del otro, que al contacto con líquido se adosa a cualquier papel, ya sea como remitente en un sobre o como pie en una carta. El líquido con el que mejor se pegaba, sin duda, era el de la lengua.
Viendo ahora cómo se resuelve todo a través de un ordenador personal, que permite tipear muy mal y corregir antes de imprimir copias y copias de lo mismo, admiro la manera en que escribían antes con total seguridad al marcar las letras correctas y, en el caso de tener que hacer copias, usar hasta dos carbónicos simultáneamente para obtener dos copias de la misma carta original. Fabuloso sin duda. Un trabajo que requería su dedicación. Mi abuelo le dedicaba su vida.
Internamente supongo que mi abuelo anhelaría que hubiéramos continuado su camino de periodista y legislador. Creemos que al menos se conformó con que escribiéramos sin faltas de ortografía, con el mismo placer y manteniendo la misma costumbre de ir a Córdoba para descansar, llevar la máquina más liviana, sentarnos en la galería y generar textos y más textos... como éste.
20111231
Amor dulce
¿Cuánto amor entra en un bocado que concentra 15 años de vida?
Te quiero Brendita. ¡Feliz cumpleaños!
20111201
A vestir la mesa navideña
20110717
Cositas que una hace (1)
"- Haciendo algunas cositas..."
Esas cositas que me gustan hacer tienen que ver con la televisión y el cine. La televisión funciona como mi casa y el cine es como mi casa de veraneo.
Y allí hago lo que suelen dejar para lo último:
comunicar con creatividad lo que directores, productores y guionistas soñaron.
Hice mucho. Muestro poco. Quiero hacer más y más.
Porque me dijo mi papá que la vida sigue...
20110410
20110403
Del otro lado del árbol
http://www.facebook.com/album.php?aid=118169&id=1432512940&l=d5738660be
20110131
Rumbo
Ir hacia allá. Volver. Volver a ir. Volar.Foto®MarianaHernández
20110113
Agua de Mina

Hace falta.
Imagino que cada ser humano debe tener un lugar especial, sagrado, al cual recurre real o imaginariamente cuando hace falta respirar. Respirar en serio.
Yo tengo uno. Y es allí donde voy a buscar que el calor de la piedra virgen me abrace, que el reflejo cristalino del agua me enceguezca y el sonido del viento corriendo a sus anchas me arrulle. Hoy quisiera hacerme presente ahí. Iré sólo con mi imaginación. Cerraré los ojos. Abriré los brazos. Sonreiré mirando al cielo mientras el río me lleva. Y respiraré.
Porque hoy, me hace falta.
Foto®MarianaHernández
20101202
20101026
Brilla
Importa ¡y mucho! la felicidad del equipo. Importa ¡y más! que te feliciten por ello. Pero la voz interna que habla y habla excitada y nerviosa, repasando cada instante de un proceso que arrojó un reconocimiento, es la que más se siente. Entiendan, es la que más cerca se tiene. Nadie mejor que uno conoce todo lo que pasó antes de llegar ahí.
Esta lógica de ganar premios se empieza a entender cuando ya se han ganado algunos y ahí la voz suma lo anterior. Y esa es la mejor parte. La objetividad y subjetividad propia de una mente inquieta se funden para dar lugar a cientos de razonamientos que justifican y acompañan la alegría de por un instante ser la mejor. "I'm the best!", grita en silencio y en todos los idiomas que conozcas y reís y saltás y pensás -mucho- en los que querés primero, y en los demás después, pero no tanto, porque en esa alegría no tienen cabida.
Fue una semana intensa la que pasó. Nuevos amigos, nuevos premios, nuevas ganas de seguir haciendo lo que a mi me gusta. Pensar, crear, escribir y hacerlo realidad. A veces, breves segundos en el aire duran toda la vida.





